Decían en una entrevista no demasiado lejana que su último disco, “Air”, nació más “por la necesidad de seguir tocando que por pensar que si parábamos la carrera se acababa”. Y vaya si acertaron. Tras un álbum de debut que se convirtió en foco de atención, el imponente “North”, los madrileños se enfrentaron al dilema del segundo LP convencidos de una máxima a todas luces irrefutable: quien no tiene canciones, no toca. Desde el lanzamiento de aquel “Air” no han parado quietos un momento, abarrotando recintos y salas allá por donde pasan. Incluso, ojo, dos días seguidos colgando el cartel de no hay entradas en el Circo Price de Madrid. Pocas bandas nacionales pueden disputarle a Morgan su más que merecido éxito.

Nick Cave compuso “Skeleton Tree” tras la muerte de su hijo. De los males de algunos nacen beldades para muchos. Enrique Cubero perdió a su esposa y, junto a su hermano Roberto, nos ha acabado entregando otra obra mayúscula: “Quique dibuja la tristeza”, un bálsamo para su corazón que ha encogido los nuestros. Pocas veces se encuentra uno con canciones así, que desnudan la intimidad de su autor como un diario personal al que de repente tenemos acceso. Un viaje de ese dolor tan intenso que nos deja toda pérdida no prevista, al consuelo que nos queda por aquello que nos brindó quien ya se fue. Narrado con la sobriedad que caracteriza a esta pareja tan bien avenida, tan bien entrelazada. Brutal, como la vida misma.

A veces los cruces de caminos se tornan peligrosos. Y más cuando la oscuridad reina. La Noche, precisamente, es justo eso: el encuentro ¿casual? de tres músicos sevillanos dispuestos a tomarle el pulso a las encrucijadas. Ernesto Ojeda, ex Miraflores, teclados y sintetizadores, y Carolina Cebrino, ex Las Janes, batería, sentaron las bases, nunca mejor dicho, de un proyecto que solo necesitaba una voz que se ajustara como un guante de seda forjado en hierro a los primeros esbozos de canciones. Y ahí encajaba la tercera vía, un Paco Campano que se aleja unos momentos de sus amados Sweethearts from America para entregarse a revivir a los Suicide en plena canícula sevillana.

El siempre acertado Vidal Romero, cronista de pro, dedicaba unas líneas de promo a este power dúo como si de un Equipo A se tratara. “Viejos veteranos de las guerras del rock y del funk, Pío Paradox y Betty Miserias sobreviven ahora como soldados de fortuna, arrastrándose por cabinas mugrientas y clubes de mala fama”. No iba desencaminado, porque ambos tienen a sus espaldas unas trayectorias que ya quisieran muchos, habiéndose curtido en el noble arte de hacérnoslo pasar bien, ya sea guitarra en ristre, teclado al frente o tras unos Technics. Liberados de la esclavitud de una banda de rock, lo suyo delante de la pista de baile es puro disloque, donde cabe por igual la cumbia meridiana que el ritmo teutón.